Magia

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El pasado domingo disfrutamos una vez más de una actuación del Mago Oliver, una de esas personas que te reconcilian con la Humanidad por su compromiso y su capacidad para transmitir, para hacer magia pero de la buena.

A mitad de la actuación, enlazó uno de sus últimos trucos con una breve explicación de su periplo griego, visitando un campo para personas refugiadas en Petra. Así conocimos la historia de Ahmed, y sus esfuerzos por hacer magia en un entorno donde supongo no será nada fácil que salga la ilusión a flote.

Al terminar, creo que aplaudimos tres de los que estábamos allí. El resto, mirando el whatsapp o tomando unas cañas.

Mi hija mayor ha seguido dándole al runrun con este tema, y ha llegado a la conclusión de que a la gente adulta de por aquí no nos interesan estas cosas porque como aquí vivimos muy bien, pensamos que no nos toca. Y que ella sí cree que haya magia, lo que pasa es que como estamos todo el día con el móvil, pues se nos gasta.

Y no le falta razón.

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Todas las personas tenemos magia. La magia de poder cambiar el mundo. Con pequeñas cosas, con pequeños gestos. En nuestras comunidades, enseñando a los niños y a las niñas, explicando las tres sencillas expresiones que dijo allí el Mago Oliver (“gracias”, “perdón”, “por favor”). Enseñando que no es tanto cuestión de dinero como de saber gestionar nuestro tiempo. De gestionar esa magia interior que todas las personas tenemos. Para cambiar el mundo.

Nos llenamos la boca con jerga tecnológica, que si pensamiento computacional, que si robótica, que si patatín que si patatán. Y no digo que no sea importante. Porque hay hueco para todo. Pero la gestión de las emociones, la comprensión de nuestro papel como ciudadanos y ciudadanas, de nuestro compromiso social necesario, resulta algo imprescindible para procurar sociedades futuras que aún sigan siendo humanas, y no