Equidad y Excelencia

Esta semana se ha hecho viral el discurso pronunciado por un chaval de 19 años, durante la entrega de los Premios Extraordinarios de ESO, Bachillerato, FP y Enseñanzas Artísticas Profesionales de la Comunidad de Madrid.

El chaval es Francisco Tomás y Valiente, brillante alumno de Filosofía y Políticas y nieto del malogrado jurista, que cargó con una exposición transparente contra el sistema educativo, frente a la clase política allí presente para la foto de turno.

 

La calidad educativa no puede reducirse a la excelencia académica. Porque comporta otro elemento, la equidad.

Excelencia, equidad, calidad. Si unimos estas tres palabras la proyección de cuál podría ser nuestro modelo educativo es esperanzadora. Un modelo donde se respete a las personas, donde se apoye el talento y las capacidades, en sus diferentes manifestaciones, reconociendo la riqueza de la diversidad, generando conocimiento. Un modelo donde las circunstancias personales, familiares, económicas, no sean un obstáculo para el talento y para el progreso.

A priori, parece una quimera. Y seguro que más de uno y de una me va a tildar de buenista y hippie, porque ya me lo empiezan a llamar. Pero es que personalmente no creo que alcanzar este triunvirato sea una cuestión solamente de dinero, aunque está claro que ayuda, y mucho. Quiero decir, que un sistema avanzado de becas contribuye a la mejora significativa de lo que tenemos, pero me da la sensación de que hace falta algo más. Más allá (o además) de dotaciones económicas y de proyectos educativos atomizados nacidos de personas también buenistas 😉 (como dirían algunos y algunas).

 

Un modelo de excelencia y equidad debe ser un modelo de transversalidad social.

Un modelo global por tanto, no limitado a la educación. Porque la cuestión es que la educación debería tratarse de manera transversal en todas las políticas (y esto no lo digo yo). Y así, con esa perspectiva, podríamos plantearnos lo que nos propone este chaval.

Un modelo donde las personas sean valoradas por su talento, por sus capacidades. Que sea una cuestión de calidad, no de cantidad. Donde no se cercenen las iniciativas individuales en aras de lo políticamente correcto, ni se tergiverse la realidad moviendo a las familias a una vorágine de hiperactividad que, desde mi experiencia de madre, roza el ridículo, el absurdo y lo antieconómico en muchos casos.

Un modelo donde la posición, las circunstancias personales y familiares, no sean ni lastre ni trampolín. Un modelo donde la primera lección sea la riqueza de la diferencia y la diversidad de las personas, que es lo que nos hace maravillosas.

Excelencia y equidad. Suena a buenismo, tal vez. O a utopía (la palabra también me vale). Pero por lo menos nos hace pensar. En fin, que tal vez no conduzca a nada tangible y material, pero mueve (por lo menos a algunas personas), a hacer algo por intentarlo. Y eso, desde luego, ya es un paso.